En mi época crecimos escuchando cantar a Pedro Infante, La Vida no Vale Nada, nosotros amábamos la vida; respetábamos la vida, la nuestra y la ajena.
Hoy basta ver los deportes extremos que practican los jovencitos, para darnos cuenta de ese desapego por la vida.
La diferencia está, básicamente, en que nosotros fuimos educados con el buen ejemplo, con las enseñanzas de Esopo y Lamantín, con las valiosas moralejas de sus fábulas.
Pero los psicólogos las hicieron suprimir, por violentas; al igual que las tiras cómicas en las cuales siempre ganaban los buenos. Las quitaron, con el cuento de que los animales no hablan.
Entonces llegó el Atari. Había que matar marcianitos e imponer un nuevo record en cada juego: matar, matar, matar.
Al Pato Donald y a Hugo, Paco y Luís, los cambiaron por descomunales monstruos que corren, que vuelan, que hablan; habían llegado Los Transformers.
Bob y su familia eran esponjas que hablaban.
Le colocaron un chip a los niñitos de tres y cuatro años, para que en su mente tengan la necesidad de matar, matar, matar.
Desde la primaria, llevan armas blancas entre sus libros y a la edad de doce o catorce años, ya son unos delincuentes que quieren superar al matoncito del colegio, del barrio, del pueblo.
Nuestra juventud, “la tiene clara” que la vida no vale nada.
“Y cambia su vida, juega su vida, de todas maneras la tiene perdida”
Yo prefiero a los acomplejados de mi generación, respetuosos de sus padres, de sus maestros, de sus semejantes y no a un aventajado joven de la actual degeneración que ha tenido todas las oportunidades para el libre desarrollo de la personalidad, que enciende a cuchilladas a un muchacho que va tranquilo por la calle, “porque me dieron deseos de atacarlo”.
MORALEJA: debemos volver al método de las fábulas y prohibir los cómics y las películas Chinas.
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martes, 10 de marzo de 2015
martes, 24 de febrero de 2015
VIOLENCIA
Todo mundo se rasga las vestiduras, ante la desproporcionada hola de violencia que está afectando el planeta.
Violencia contra los niños.
Violencia contra la mujer.
Violencia familiar.
La noticia de cada día, es mas desgarradora que la del día anterior: muerte de un niño; al día siguiente de dos y el próximo de tres; que la madre degolló a sus cuatro hijos...
Cuando ya la humanidad se está acostumbrando a ello, escuchamos que un muchacho, menor de 15 años, asesina y descuartiza a tres niños.
Todos nos echamos bendiciones; y nos aterramos de esa violencia, pero nadie, nadie, nadie, hace nada.
Ni siquiera nos preguntamos la causa de ello. Y en la jefatura del ICBF, se continúan nombrando damitas hermosas, señoras maduras o caballeros con cola de caballo que, como en La Perrilla, cosa es de voverse loco, no hacen nada, tampoco.
Yo recuerdo, y le apuesto mil a uno, que todos quienes estén en el quinto o sexto piso, también lo tienen clarito: en nuestra infancia, los psicólogos nos privaron de ver a Tom y Jerry; a Speedy González; al Coyote y el Correcaminos, (donde nunca se veía sangre) porque eran películas muy, que digo muy, porque eran demasiado, excesivamente violentas.
Incluso, suprimieron a Daniel El Travieso, ese monito inocente, con el cuento de que hacía sufrir al señor Wilson.
Y nos las cambiaron por las películas chinas.
En las películas chinas, las tortugas no son lentas, son vio lentas. Las Tortugas Ninja, son adolescentes mutantes.
Nos quitaron a Caperucita Roja, a La Pobre Viejecita de Pombo, las fábulas de Esopo, porque los animales no hablan.
En cambio, nos trajeron ese dechado, ese manual de buenas costumbres, de buena educación y buenas maneras, como son Los Simpsons.
Como en el caso de la inseminación in vitro, era mejor el método viejo.
Cuando yo sea Ministro de Educación, prohibo de un tajo el cine y los comics chinos (los realistas: los que incluyen en el reparto aquel famoso santo, cómo se llama? Ahhh, este primo alemán Adenauer, me hace olvidar todo: ya recordé: San Gregorio). Las películas de hoy, se miden en barriles de sangre derramada.
Pero estoy seguro, que nunca me van a nombrar Ministro de Educación, porque mis costumbres y mi matrimonio, son a la antigua.
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